Monday, July 30, 2007

Los motivos del toro

(especial- fiestas de 2007-)


Como el toro me crezco en el castigo,
la lengua en corazón tengo bañada
y llevo al cuello un vendaval sonoro…
Miguel Hernández

Estamos de fiesta… Y cada cual tiene su motivo, para estarlo o soportarlo, depende. Las cosas son así… Pero los toros llegan como elemento esencial de la citada fiesta y sospecho que somos pocos los que nos preguntamos cuáles son los motivos subyacentes de su presencia, cuáles sus razones ocultas, sus alegatos más allá del hecho de ser trasladados, de pueblo en pueblo, por la fuerza… Porque vienen todos los años y lo hacen desde lo más atávico y totémico de la historia de Occidente. Europa –según la mitología griega- era una princesa fenicia. Zeus la vigilaba en la playa, pero en un arrebato de amor/odio, el gran dios del Olimpo, convertido en toro (un toro “blanco”) la raptó y se la llevó en sus lomos, mar adentro, hasta la isla de Creta, donde parió a Minos, y éste creó el laberinto con el Minotauro, que fue vencido por Teseo, y etc., .etc. Pero se tiene la certeza de que los jóvenes cretenses quebraban y saltaban al toro como muestra de virilidad, y éste es un valioso precedente…

A nosotros nos llegan, pues -los toros- con sus miradas tristes, misteriosas y profundas, con una legión de moscas y con sus cueros aguijoneados por los clavos de las cañas que blande el llamado género humano y racional. Incardinados en lo más profundo de nuestro ser -como hemos visto- en la cultura hispánica y en la mediterraneidad, ellos han sido testigos de todo lo acontecido en este país que hasta se viste con su piel… Desde los de Guisando al de Osborne, desde el toro mítico que, con fuego en las astas, propagó el incendio de Sagunto, en la primera guerra púnica, hasta el toro picasiano del Guernica; desde el toro de luz y de gangrena que hizo acto de presencia a las terribles y lorquianas “cinco en punto de la tarde” (“Granadino”) al otro “toro blanco” de sueño y de leyenda (“Atrevido”) que inmortalizó a Antoñete por los siglos de los siglos, pasando por “Islero”, que dio al traste con la quietud hierática de Manolete; desde la evocación a Ortega y Gasset, podemos decir que sólo quien comprenda el juego con el toro podrá atreverse a decir que comprende algo de España.

Los que arriban a nuestro pueblo son, aparentemente, humildes de linaje, extraños a las nobles divisas, pero en realidad son hermanos de los más aristocráticos de la cabaña ibérica, porque hay un laberíntico nexo sanguíneo, una unión, un origen común al de los mesopotámicos y cretenses que nos llevaría, siguiendo sus castas, al mismísimo Zeus disfrazado, y desde éste a la cultura griega, desde ella al conocimiento esencialista del hombre en tanto hombre. Cuando alguien quiera saber lo misterioso y sabio que encierra una mirada, basta con que mire fijamente los ojos de alguna cabeza de toro disecada en la pared grasienta de cualquier café, museo o peña flamenca.

El año pasado, haciendo pruebas con una cámara fotográfica, esperé el paso del toro -del toro de fuego, de mito y de pasión- en la barrera de la calle Larga. Y pasó. Pasó como un planeta incandescente engarzado en el tercer milenio de la Historia… Con el trotar del toro por la larga calle del pensamiento, pasó como un apunte, como en esbozo, como una idea de la vida y obras de cada cuál… En los sueños eróticos de las mujeres suele haber toro, porque “ellas” sueñan ser poseídas por el tótem, por el símbolo y el mito..., como rememorando el rapto de Europa. En los sueños atroces de los hombres, en las pesadillas de nuestros miedos ancestrales, hay siempre un toro pertinaz que nos persigue, y cuado ya está a punto de darnos la cornada fatal, resulta que nos despertamos y no ha pasado nada. Pero en alguna dehesa salmantina, en alguna marisma del Guadalquivir, un utrero aventajado nos intuye empapados en sudor.

Sin embargo, esta poesía sublimada del burel, aparente, momentáneamente, se viene abajo cuando, humillado por la fuerza de cien hombres, llega amarrado y con la testuz baja hasta el pilón del tormento, del fuego y la amargura. Entonces, su dignidad, su arrogancia, su dimensión heráldica se ven desvanecidas por la alevosía irreverente de la masa.

Pero la función continúa y el toro emerge de la afrenta con la mirada altiva, los ojos iracundos y el cuello encampanado… Entonces, todos sus predicados, fecundos y sagrados, se desplazan encendidos por las tinieblas pegajosas del estío… Entonces lleva al cuello el “vendaval sonoro” que escribiera el poeta. Entonces se convierte en el adalid del deseo y la lujuria… Es como un todo. Porque quien quiera ver en él el símbolo del sexo ritualista, lo verá, y quien en él aprecie la magia de todas sus leyendas, las constatará… Pero quien le añada un poco más de voluntad a la observancia, otro tanto de de clarividencia y un mucho de sentimiento, al paso de su estela llameante, verá el ejemplo de la resistencia hasta el fin de los humildes, de los que no se dejan dominar. El toro tiene motivos para todos -ya digo- pero los hombres que remueven los recovecos del alma saben que los motivos del toro son los suyos.
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1 comment:

Filósofo Farsante said...

Interesante. Buen contraste el que ideaste entre una documentada brutalidad mítica del toro y la sensibilidad de tu experiencia al momento de mirarlo a los ojos. Lo manifiesto en la tradición y lo latente en la interpretación.

Saludos desde Santiago, Chile.

Aldo Bombardiere Castro